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El legado Bourne
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Calificacion 6.7
Género:

Action/ Aventura/ Thriller

País: USA
Duración: 2h 15min
Año: 10 August 2012
Director: Tony Gilroy
Reparto:
Jeremy Renner, Scott Glenn, Stacy Keach, Edward Norton, Donna Murphy, Michael Chernus, Corey Stoll, Alice Gainer, Prue Lewarne, Howard Leader, James Joseph O’Neil, Rachel Weisz, Tony Guida, Sonnie Brown, Neil Brooks Cunningham
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El legado Bourne

The Bourne Legacy

El legado Bourne Aunque a todos nos pareció que ‘El ultimátum de Bourne’ era el final de la serie, ahora nos llega su cuarta parte, dirigida por Tony Gilroy (‘Michael Clayton’), quien también había ejercido de guionista en el anterior capítulo. Sin embargo, el personaje de Bourne (al que había dado vida Matt Damon), no estará presente en esta entrega, que se configura como una especie de spin-off de la saga. Así, el actor Jeremy Renner (‘En tierra hostil’), recogerá el testigo de Damon en esta trepidante cinta de espionaje en la que interpretará a un agente que en principio pertenece a un programa secreto del Gobierno, más peligroso todavía de lo que había sido Treadstone. Sí repetirán en sus papeles Joan Allen (‘La tormenta de hielo’), Albert Finney (‘Asesinato en el Orient Express’) y Scott Glenn (‘Elegidos para la gloria’), y se incorpora Rachel Weisz (‘El jardinero fiel’), en el papel de la chica de la que se enamorará el protagonista, y Edward Norton (‘American Histoy X’) como el malo de la función.

 

El legado Bourne

Arranca este nuevo Bourne -es más un “reboot + spin-off” que una cuarta parte- con el cuerpo de Jeremy Renner filmado en plano nadir mientras flota inerte bajo el agua. Dicha imagen especular le sirve a Tony Gilroy (director del entuerto) tanto para lanzar cabos dramáticos con ‘El caso Bourne’ -el film iniciático inspirado vagamente en el Bourne ideado por el escritor Robert Ludlum- como para marcar su independencia con respecto a ésta. Una jugada hábil que sirve para (en este orden) homenajear, heredar testigo y arrancar desde cero, puesto que el espectador descubre enseguida que el cuerpo musculado que flota en el glaciar no es el del actor Matt Damon sino el del nuevo “action man” del cine contemporáneo (recordemos que en poco más de un año hemos visto a Renner en ‘Misión: Imposible. Protocolo fantasma’ y ‘Marvel: Los vengadores’).

Cambio de rostro y de cuerpo, pero no de historia. El nuevo Bourne, que responde bajo el alias de Aaron Cross, quizás no padezca la amnesia de su predecesor pero sí tiene la misma diana dibujada en la espalda. Por suerte para él Cross se adhiere al patrón del héroe moderno que ejemplifican tanto Ethan Hunt (‘MI:4’), el James Bond de Daniel Craig o cualquiera de los personajes a los que ha dado vida Jason Statham recientemente: es la supremacía del macho-alfa, el súper atleta, una perfecta máquina de matar que resulta, prácticamente, indestructible (en ésta al menos se explica el porqué de dicha resistencia: los nuevos agentes “Bourne” son tratados químicamente para implementar sus capacidades físicas y mentales).

Que las escenas de acción de ‘El legado de Bourne’ se parezcan más a las persecuciones de Tintín que a los tour-de-force de ‘El ultimátum de Bourne’ dejan entrever la domesticación de un modo de entender el thriller contemporáneo que, si en manos de Paul Greengrass se acercaba a una espectacularización de lo real –se posaba una mirada documental sobre unas acciones fantásticas-, en las de Gilroy se aproxima más a la fidelización del poderío de la imagen per sé, es decir, se trata de buscar esa imagen superlativa capaz de hacer enmudecer de admiración a millones de espectadores. Pero que nadie se asuste: no hay nada malo en ello. Yo también me sobrecogí (la sensibilidad es mi punto flaco) cuando Hulk abraza a Iron Man al final de ‘Marvel: Los Vengadores’ o cuando Ethan Hunt se balancea en lo alto del rascacielos de Dubai. Es más un cambio de rumbo que acercaría ‘El legado de Bourne’, en lo que se refiere a sus escenas netamente de acción (situadas en la parte final de la cinta), a un modelo más accesible de cine de consumo.

Ahora, me falta hablar de la primera parte. Y es que la gran noticia de esta película es que vuelve a revivir ese “thriller de espionaje” que tiene tanta cabida en las carreras de motos como en los despachos de los servicios de inteligencia. De ahí que sus primeros cuarenta minutos sean intachables, combinando la acción de interiores -con un mefistofélico Edward Norton en modo burócrata afilado moviéndose entre pantallas de ordenador y subordinados con distinto grado de inutilidad- con una fuerte carga dramática en lo exterior -asesinatos programados, traiciones a sangre fría, inesperados giros argumentales-, estableciendo una ligazón entre lo que se apuesta en un despacho subterráneo y la muerte de decenas de personas en el mundo “real”. Ahí es donde la película coge velocidad de crucero: cuando Gilroy -un experto en conspiraciones, recordemos ‘Michael Clayton’ (no tanto ‘Duplicity’)- logra conjugar dicha maraña zurcida entre la paranoia anti-terrorista, los abusos de poder de las empresas privadas y la creación de súper-soldados como máquinas de guerra; todo filmado de manera exquisita, en una narración en paralelo que posee múltiples capas que deshojar, que acaban por converger en esa gran secuencia de acción que ansía el público. Y así nos quedamos todos contentos.

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